UNA ESCALERA MECÁNICA EN HONG KONG

Aunque los chinos y los pro chinos digan que Hong Kong es China sólo hay que cruzar la frontera para entender que no es así. Empezando porque hay frontera y se entiende que si hay que presentar pasaporte es que no es el mismo terreno. Además, los chinos continentales –así se hacen llamar- necesitan un permiso para poder entrar cosa que no ocurre con los de la ex colonia inglesa que pueden campar a sus anchas por los terrenos pantanosos de la nueva China, la ex Olímpica.
Cruzar la frontera es un delirio de paz. No se sabe cómo ni cuándo pero hay un momento en que la molestia china desaparece. Se la traga la tierra. Y ese instante se aprecia a la perfección cuando en terreno hongkonita asciendes o desciendes por las escaleras mecánicas que dan al metro.
Y es alucinante, ya que las miles de personas que abarrotan los caminos conocen –como el que nace sabiendo- dónde deben colocarse. Por ejemplo, si quieres ir rápido te colocas en la izquierda y avanzas ya que el que te precede hace lo mismo. Y si no te puedes permitir el correr o simplemente no lo requieres te quedas apalancado en la derecha, leyendo un libro o mirando el culo del que está delante.
Esto en China es imposible. Y no solamente porque no nacieron sabiendo ya que si fueran a clases a diario –hay señales que informan de ello a la vez de gentes como yo que luchan porque se ponga en práctica- tampoco lo realizarían. El chino, de empujón y falta de respeto, no entiende lo de hacer colas, respetar espacios o ceder el paso. Recuerden que esto es la guerra y ellos, tan contentos.
El metro en Hong Kong es un deleite: más antiguo que el chino pero nuevo, eficaz e insonoro; sus gentes ceden el paso, se forman colas de trazo perfecto a las entradas y salidas de los vagones y sus gentes no vociferan por el móvil ni dejan sonar los mismos hasta que te acaban reventando el tímpano. En China, el metro es nuevo, magnífica obra de ingeniería, pero ya está en según que ciudades machacado, sucio, con goteras… y sobre todo el metro en China es un zoo: gente gritando a más no poder, tipos que meten carretillas con sesenta caja para ahorrarse el porte, jóvenes sentados y viejos de pie y el colmo de los nuevos ricos: el aire acondicionado a la temperatura exacta del hábitat del pingüino antártico. Por que si de vacilar se trata el chino saca el calcetín agujereado y pone el pie encima de la mesa. ¡Yeah!
Como en Hong Kong los chinos hacen menos bulto suelen pasar inadvertidos, señal de que saben qué es el bien y qué es el mal. Es maravilloso recibir excusas cuando te pisa la señorita de al lado y darte cuenta que no tienes que saltar por las cabezas de la gente cuando se acerca tu parada. En China se puso el metro pero sin vender bozales. Pequeño error. En el momento de volver a China toda la jauría que llevaba contenida saca todo su repertorio para no perder la tradición y colapsa escaleras, no respeta colas en los controles de pasaportes, escupe con sonoridad, fuman como si no hubiera mañana y dan toda la mecha que pueden al móvil. Del asco a la paz a un solo sello de pasaporte. Y menos mal, porque si algún día abren las puertas de par en par Hong Kong pasará a ser parte de la selva.

UNA PROSTITUTA EN SHENZHEN

No hay nada que más me moleste –sobre todo si es tan un lamentable polvo- que recoger las toallas -¿por qué siempre usan tres para ducharse? ¿Acaso en su casa hacen lo mismo?- de una puta que ha venido a casa. Más que un acto –ni lo hicimos- pareciera que tuvimos una sesión de baños turcos con corte de pelo y permanente. Tres toallas. Y ni siquiera me secó.
La única solución para no querer follar es no beber. Y yo lo estuve haciendo –lo de beber- durante cuatro horas. En mi habitación. De solanas. Leyendo libros con salidas evidentes o visitando el ‘Dalealplay.com’ –el contrincante desconocido de Youtube a la española- para perderme en temas que ya ni reconocía: “Que Dios reparta suerte”, de Gabinete Caligari. Y visité a estos desconocidos en Internet por la sencilla razón de que a los americanos con éxito -¡qué raro!- los han cortado. Cómo son los chinos: si la página proviene de Tanzania –o España- es que ni se enteran –aunque salgan sus militares ajusticiando con tiros en la nuca- y si provine de Arizona estará clausurada hagan lo que hagan.
Me ha dejado esta puta un mal tufo en la habitación. Esto es lo que pasa por llamar a altas horas de la madrugada en una ciudad, que a fin de cuentas, no es la mía. Y la llamé por el clásico error de beber compulsivamente a altas horas de la madrugada y no conocer a nadie a trescientos kilómetros a la redonda. O más.
Xixi se me presentó mal: desaliñada, algo esquelética, sobrepasaba los treinta y advirtiendo de que no se iba a quedar a dormir. Yo que ya estaba sin taparrabos sufrí un bajón anímico importante aunque no desistí en mis intenciones de evitar dormir solamente cargado de alcohol.
El problema vino cuando nos fuimos a duchar ya que Xixi –de la provincia de Shandong- dejó al aire libre diversas manchas rojizas, pechos manoseados y caídos y una entrepierna selvática y escasamente atractiva. Si a esto sumamos que no se iba a quedar a dormir y que cada dos por tres su teléfono sonaba sin cesar- debía ser su destartalado chulo- la situación era de evidente fracaso por lo que yo, sorprendentemente, deseché sexo y me vestí como cualquier dama despechada ante tantos sinsabores sexuales. Xixi, negociadora, me pidió –y antes de que el rechazo fuera absoluto- hacerme aunque fuera una paja. La cuestión era no volver ante el chulo sin dinero. Cuestión loable… sobre todo a esas horas.
Xixi se me tumbó encima como la que no quiere la cosa mientras yo pensaba en mi siguiente viaje. La verdad: lamentable. Hiriente. Contraproducente. Es difícil sentir y menos con una puta. Y aún menos si estás borracho. Y no digamos si huele a madera rancia. Porque olía a madera rancia. Muy rancia. Esto pasa cuando te acuestas con chinas desaliñadas, perdidas, de las que un hotel de cinco estrellas es el palacio de su vida. Entonces, ¿por qué lo de las tres toallas para una ducha?
Tuve que terminarme yo el prodigio de paja errante que me realizaba mi rancia dama asalariada –con más pena que gloria- cuando decidí –y al ver su trote perdiguero- abalanzarme sobre sus pechos frutales. Craso error. Los mismos, eran los dispensadores de ese rancio hedor que me llevaba taladrando ya bastante tiempo. Por lo que al engullirlos sentí nauseas conflictivas que terminaron por decidir que el vomito era lo más honesto –sumemos el alcohol- en esa penosa noche de sexo forzado y vino sin presión.
Le pagué menos de lo acordado –evidentemente- ante la falta de sexo. Y vi como se vestía: atolondrada, como perseguida, sin escrúpulos. La mujer servida –si es puta- aparenta ser como cualquier minero a la hora de desayunar cuando es la hora de vestirse.
Fueron tres toallas… pero ahora que lo pienso le vomité encima. Aunque ello no es óbice ya que la primera sólo la uso para secarse. Bueno, da igual. Yo me quedé sin sexo, aunque corrido; y ello se quedo con su dinero, aunque menos. No se deben llamar a putas a altas horas de la madrugada, borracho y en ciudades que no te son familiares. Aunque, ¿qué vas a hacer si bebes y en China, a fin de cuentas, no hay nada más que hacer a las cuatro de la mañana?

27/06/2009 23:31 Autor: joaquincampos. #. Tema: China desde la entrepierna (Guía para adultos y enfermos). No hay comentarios. Comentar.

UNOS REBUZNOS EN SHENZHEN (NACE LA GENERACIÓN PIG)

Comía en un buffet de hotel internacional por la tranquilidad que me da acostarme de vez en cuando sabiendo que por una vez no he podido pillar hepatitis cuando de golpe y porrazo un señor –comenzaremos llamándolo así- se puso a rebuznar, gritar, patalear y tirar cosas al suelo. La capacidad integra del local se dio la vuelta –incluido yo que hasta me levanté de mi asiento- sorprendidos ante semejante reacción. Tardé unos segundos en entender qué pasaba, dándome la clave cuando el tipo, provisto de unos palos numerados de cuarenta centímetros, se puso a lanzarlos contra el equipo de cocina que en ese momento cocinaba para todos nosotros. Los pobres se agacharon –algunos ni se inmutaron en un histórico homenaje a los miles de años que llevan sufriendo pisoteos e humillaciones- cuando el hombrezuelo directamente se fue a por uno al que señalaba y amenazaba. He de aclarar que eran ayudantes de cocina, no maleados y de escasa brutalidad gesticular. Y que los palos eran usados para solicitar comidas y estaban numerados para saber de cuál mesa eran.
Los que atajaron al mandril –encargados y seguridad- lo llevaron a la mesa obsequiándole con todo tipo de parabienes, excusas, plegarias y gestos que me recordaron a las clásicas carantoñas que se usan antes de la felación. En esas me levanté, con cierta tiritera en las piernas ante la inenarrable violencia que se había creado, para preguntar al resto del personal por lo que había pasado. ¿Y qué había ocurrido? Pues sencillamente que existe un orden a la hora de pedir la carne y pescado que al parecer el pobre ayudante no había respetado, evidentemente por la saturación del local y el número de pedidos. Esta explicación hizo transformar el temblor de mis extremidades inferiores en una mala lecha ibérica que me nacía desde lo más profundo de mi estómago. He de reconocer que no comí nada más pero no pasaba nada ya que de hambre no iba a fallecer.
El chino adinerado hijo de puta –que curiosa ecuación calificativa que tanto se repite en este país de racismo extremo- seguía pegando gritos y esta vez se dirigía a su propia familia ante la falta de esbirros del hotel a los que patear. Pero en esas llegó una dama –la más guapa del buffet- que les llevaba su pedido -tarde pero llegaba- cuando el supuesto militar o hijo de lanzó el plato contra el suelo que la moza veinteañera le traía con sonrisa abismal y gratuita. El estruendo fue de nuevo alto, el bocado del resto de comensales dificultoso y la cara de la princesa de pánico. Conté hasta tres, digo hasta dos, me levanté y en un español perfectamente vocalizado me cagué en sus muertos. A la vez, pateé un trozo del plato estrellado contra el suelo contra la pared y me posé ante el mediocre con mi metro noventa y uno. Conté hasta seis y mirándole fijamente a sus ojos le solté un ‘be careful’ que me hizo temblar hasta a mí. Como José Tomás, me di la vuelta con absoluta frialdad y me fui andando a mi mesa con paso de anciano enfermo. Y no me embistió. Evidentemente. ¿Acaso existe algún chino valeroso entre los mil cuatrocientos y pico millones que hay, mal contados?
Creo que a causa de mi actuación se liberó parte de la tensión acumulada. Se volvieron a escuchar risas, los niños echaron a correr y hasta los bebés se atrevieron a llorar.
El cretino estaba mudo, su mujer casi ocultaba su cabeza bajo el mantel y su hijo obeso –es la nueva hornada de chinos con dinero, buena parte de sus descendientes son gordos a más no poder- no se atrevía con el flan. Una familia asumiendo que a papa también le pueden humillar. Y en público. No les viene nada mal.
Y la verdad es que nunca temí por la reacción del ultra ya que este tipo de chinos sólo ataca cuando el escalafón social a recibir es de menor altura. Y yo, no tenía ni puta idea de quién era; lo único que sabía, es que le sacaba treinta centímetros y que le debía dar miedo. Por que el chino con dinero, aparte de eso, dinero, tiene mucho miedo. Siempre se hace rodear de putas, de amigos o de empleados. Siempre.
Llegué a mi habitación y pensé en las batallitas que cuenta el Partido Comunista en las clases de todos y cada uno de los colegios de este país en donde se ponen a parir a Japón, a Taiwán, a Hong Kong, a Europa, a los Estados Unidos… a todos en concreto, con la excusa infantil, falsa y burda de que en Occidente y los países capitalistas se droga hasta el enterrador –esto puede ser cierto-, llevan todos pistola, se matan en los descansillos a navajazos…
Debiera saber la población china que hoy en día es difícil encontrar un caso mayor de odio, racismo y falta de respeto entre unos mismos conciudadanos que la que existe en el país Olímpico. Creo recordar algo parecido entre hutus y tutsis pero ya ni me acuerdo bien. O no me quiero ni acordar.
No sé si la democracia pero sí la justicia, ojalá algún día llegué a este país de sentenciados. Muchos hijos de puta se merecen lo peor. Muchos. Y ese tipo del polo Lacoste –seguramente falso o si es original ni le quedaba bien- con su mujer presumiblemente más que corneada y su hijo engordado a golpe de capitalismo novedoso son la imagen de la familia tipo china pudiente de hoy en día. Hoy ha nacido la Generación Pig, lo único que China conseguirá exportar, aparte productos de escasa calidad. La Generación Pig, que Dios nos coja confesados.

27/06/2009 20:19 Autor: joaquincampos. #. Tema: China desde la entrepierna (Guía para adultos y enfermos). No hay comentarios. Comentar.

UNA PELUQUERÍA EN SHENZHEN

Uno no es que ame profundamente el estilismo pero tampoco soporta ver como sus patillas cambian de forma y grosor cada vez que me afeito. Suelo trabajar mal con la simetría que te da un espejo, no consigo calcar lo que veo en frente y me talo buena parte de mi bigote orejero.
Entré a uno de esos centros comerciales odiosos y fríos –lo primero porque están copiados casi enfermizamente a los occidentales y lo de fríos porque nunca hay nadie- buscando una peluquería. La opción de que te corten el pelo en un local callejero es posible salvo en Futian, novedoso barrio pijo de Shenzhen, donde solamente puedes encontrar rascacielos, oficinas, hotelazos y los citados centros comerciales. Aquí lo barato, que afortunadamente abunda en China, no es que escasee, es que directamente no existe.
Y di con una peluquería. Eran las once de la mañana por lo que acababan de abrir y observé para deleite mío esas charlas militares que dan los dueños y encargados a los empleados; estos últimos, se colocan en fila como en formación y escuchan atentamente mirando al suelo. La imagen que es ciertamente patética aquí es obviada por los restos de Occidente que si hubieran vivido esto en sus pueblos de origen se habrían echado a la calle con armas, barricadas y ganas de morir por la libertad. Hubiera sido para ellos “el continuismo de la dictadura más rancia”. Aquí ya ven, se las trae floja. Todo depende, como siempre, del escalafón social donde te encuentres. Y estos parias que en Europa eran desechos de tientas aquí son cultos aparentes de pelo en pecho y pasaporte llamativo. Lo más.
El comienzo como siempre es cansino ya que dos, sí digo bien, dos chavalitos te lavan el pelo con diversos champús y suavizantes aparte de masajearte y de recibir un secado de pelo con toalla de no menos de cinco minutos. En China se entiende que el sistema se sostenga ya que casi todo el mundo tiene trabajo aunque ganen no más de cien euros mensuales. Con este programa económico, exportable según la indolencia cerebral del pueblo, el planeta Tierra daría solución a todos sus males. El pueblo sometido pero contento. Y los de siempre alegres, y hasta escupiendo.
Como era de esperar el atraco llegó. Sin sorpresas. Sin fisuras. Te sacan una calculadora donde te marcan seiscientos yuanes –muy probablemente el sueldo de los que me lavaban el pelo, incluidas propinas- e intentan ver que el precio es el justo. Muy bien, entonces debo pasar a la acción: en primer lugar, me cago en sus putas madres aunque no me entiendan –os prometo que mi gesto es más que comprensible- y a continuación salgo afuera, trincando en volandas al muñeco plastificado que marca los precios. Entro con él, como si estuviera amordazado, y señalo con mi dedo tembloroso el coste, que casualmente está a la altura del ombligo: ochenta y ocho yuanes. Ellos, como no, ponen cara de pánfilos. Perdón, ponen más cara de pánfilos. A continuación viene el dueño o encargado y te pide perdón con cara de retrasado. Eso sí, han intentado cobrarme casi siete veces el precio original. Si cuela, cuela. De esto, evidentemente, tiene la culpa Occidente, la invasión cultural y cualquier cosa que no sea la increíble cultura milenaria china. Me cago en vuestros muertos.
El corte de pelo fue ruin, plano, sin pasión. Pero me daba igual, sólo quería que me rasuraran las patillas para volver a empezar de nuevo y volver a un antro como estos cuando volviera a desigualarlas.
Me intentaron lavar otra vez pero desistí. Ya estaba harto de tanto panolismo. Me fui sin dejar propina y siendo alabado –esto sí que se les da bien- por no menos de veinte jóvenes. Estaba yo sólo. Bien es cierto que acababan de abrir aunque sospecho que no tendrán llenos de “no hay billetes”. Tampoco los necesitan. Si piensan cobrar por cada corte de pelo el sueldo de uno de sus empleados la ecuación les saldrá perfecta. Ejemplar movimiento económico chino. Exportable. Algún día veremos a alguno de sus economistas en el Tribunal Internacional de La Haya. Como a Radovan Karadzic. Si no, tiempo al tiempo.

27/06/2009 07:06 Autor: joaquincampos. #. Tema: China desde la entrepierna (Guía para adultos y enfermos). No hay comentarios. Comentar.

UN ATRACO EN SHENZHEN

Robar es una palabra que tuvo que nacer en China. Y es curioso que en este país el tirón de bolso, el atraco a bancos o el butrón en joyerías directamente no existan. Por lo tanto, China aparenta ser una balsa de aceite donde puedes ir tranquilo por la calle incluso a las cuatro de la madrugada. Y sí, eso es rotundamente cierto.
Pero es que en China el atraco tiene otro tipo de arte. Desde que te levantas hasta que te acuestas puedes sufrir algún robo pero lo que es seguro es que intentos contra tus bienes los tendrás casi cada cuarto de hora. Para empezar, si tienes esposa china, ella y su familia estarán todos los días al acecho para trincarte todo lo que puedan. En el trabajo, tu compañero de mesa que dice saber donde comprar la mejor silla para la terraza de tu propia casa llegará a un acuerdo con su amigo el tendero para que te estafe unos buenos yuanes que posteriormente serán repartidos entre el vende sillas y tu colega de sección. El taxista también intentará en cada viaje robarte, engañarte, darte mal el cambio e ir a tu casa por el camino más lejano. Si quieres abrir un negocio el funcionario de turno querrá su sobre –con miles de yuanes- y si necesitaras licencias varias (humos, gas, sanidad…) deberás al final ir a una papelería para adquirir paquetes de diez sobres. Y recuerda, el de la papelería también te estafará con algo. Y no quiero saltarme al restaurante de la esquina de tu casa, el que te conoce desde hace meses, que te cobrará a precio de entrecot los noodles con repollo. Que además dirá que no tiene facturas.
Esto, sin que tenga una justificación, si que dispone de una leve explicación: China es como el tronco muerto de olivo que lo partes y encuentras en él a millones de hormigas devorándolo. China es una carrera de pollos sin cabeza donde el prójimo no existe y el qué dirán menos. Sálvese quién pueda y maricón el último podrían ser sus epitafios. A partir de ahí todo vale.
Hoy, como casi todos los días, me he ido a dar un masaje. Muchos se preguntarán qué me pasa con tanto masaje, que si no hay nada más que hacer en esta China milenaria. Bueno, les explico: en China no hay museos –algún bocazas ya estará pensando en corregirme porque él conoce uno- entre otras cosas porque no hay artistas. Con absoluta certeza podría decir que China debe ser la densidad de población más alta por cada museo. Así les va. A lo que iba, tampoco sobran los cines, con carteleras necias. Zonas monumentales, como que tampoco. Recovecos ilustrados, menos. Entonces, ¿qué hacer? Puede parecer zoquete pero el masaje es la clarividencia de China. Recuerden: mientras estés manoseado profesionalmente por una dama veinteañera en un habitáculo perfumado y sin sonidos estridentes para qué vas a salir a partirte la cara al asfalto chino.
Me acababa de dar un masaje maravilloso donde seguro me llegué a quedar dormido cuando decidí dar una propina a la chica –Shenzhen es la única ciudad donde te obligan a dar una propina a la masajista, la cercanía de Hong Kong hace estragos-. Me vestí y crucé los doscientos metros divididos en tres plantas –la ostentosidad en China es su cáncer- donde zigzagueé con decenas de descarriados locales que se ponen en medio con el cubata, el cigarro y las malas maneras. Y llegué a la caja, que pareciera la de un supermercado: colas mal respetadas, tipos tirados en el sofá, otros gritando por el móvil –cómo les encanta llamar la atención- y adolescentes empleadas que te ofertan quedarte ante la cantidad de propuestas de las que disponía la casa de masajes.
Las obvié todas y me dispuse a pagar el por mi hora y media y la propina de la chica, que aquí viene en el albarán, cuando la que me acompañaba me suelta una cuenta que sobrepasaba en treinta yuanes el precio pactado. A mí treinta yuanes –tres euros- me la sudan pero que me intenten robar no es que me fascine, precisamente, por lo que apreté los dientes y pregunté el porqué del atraco. La menor, muy gustosamente, se puso a explicármelo.

-Los treinta yuanes son un impuesto especial.
-¿Me queréis robar?
-No, es un impuesto.
-Mira, llevo dos años en China y sé lo que es un masaje. Si tú ofertas un precio en la carta después no puedes añadirle treinta yuanes de mierda.

La pequeña muñequita, asustada por mis malas formas, se encogió de hombros para a posteriori empezar a dudar sobre si cobrármelo o no. En ese momento decidí montar el show definitivo. Treinta yuanes no eran nada y había bastante indolente local suelto que se merecía el espectáculo.

-Mira chica, yo gano miles de yuanes, soy millonario. Me hospedo en el mejor hotel de la ciudad y para mí treinta yuanes no son nada. Eso sí, por robarme deberéis saber que nunca más voy a volver, que mi dinero se irá a otro sitio.

En ese momento saqué del bolsillo la tarjeta del hotel –por temas laborales, no pagaba yo, era cierto que el hotel era el mejor de la zona- y un buen fajo de billetes frescos que había trincado del cajero antes de decidir que me masajearan. El dinero lo mostré con falta de clase y la tarjeta del hotel la tiré contra la pared. Las chicas llamaron al encargado que al enterarse de lo sucedido vino con la típica cara de gilipollas chino a regalarme un puto descuento de doscientos yuanes para el siguiente masaje.
Como es normal lancé el descuento contra una mesa poblada de indígenas locales que en ese momento me miraban con miedo, a la vez que fumaban con propulsión. Pedí factura –eso siempre les jode- y me fui sin vacilar.
Ya en la calle y más tranquilo recordaba que a fin de cuentas China, está hecho para robar; y que yo, por mi pasaporte y billetera soy la diana soñada. Y lo gracioso que había quedado haciéndome pasar por un millonario cuando mi cuenta siempre escarba en la nada.
Al acostarme revisé mis bolsillos hallando las facturas conmemorativas. Eché unas risas recordando la anécdota hasta que revisé la cantidad, que sorprendentemente, era la mitad de lo pagado.
Me habían robado hasta con los ‘fa piaos’. Y yo sorprendido.

25/06/2009 19:21 Autor: joaquincampos. #. Tema: China desde la entrepierna (Guía para adultos y enfermos). No hay comentarios. Comentar.

GOOGLE, PODADO

El gobierno chino en una nueva muestra de civismo, modernidad y transparencia ha podado a Google. Sí, podado. Por que desde ayer sólo se puede recabar información en el famoso portal capitalista si lo haces desde la página china, o sea, la podada. Las terminaciones de países infectados por las drogas, el nudismo y los tríos sexuales (los .es, .it, .fr y .com) son de imposible apertura en territorio chinesco. Por lo tanto y para navegar por la citada compañía sólo se puede usar el hecho a medida ‘google.com.cn’.
Algunos podrán pensar que es una estrategia de China para que “su Google” sea el más visitado; pero nada más lejos de la realidad, ya que las razones obvias y pestilentes radican en el profundo interés del gobierno de Hu Jintao por controlar a todos y cada uno de sus soldaditos, ahora de papel.
Por ejemplo, antes en ‘Google.es’ ponías la palabra ‘Tiananmen’ y aparecían mezclados fotos sobre la plaza más grande del planeta con otras donde se apreciaban la represión del maldito nacionalismo chusco contra estudiantes en aquel fatídico junio del 89. Ahora, y como sólo puedes usar el podado ‘Google.com.cn’ –con su pestosa matrícula china- escribes ‘Tiananmen’ y aparecen fotos maravillosas de la plaza en un día soleado de cielo azul –casi nunca los hay-, retratos del gran Mao y desfiles horteras de los defensores de la ley, los que van de verde y con pistolas.
He probado también con palabras de interés general como ‘travelos’ o ‘chinas desnudas’. Hasta hace dos días miles de puertas se te abrían para hacerte más calido el acostarte a dormir; y ahora, leves fotos y mal contadas sólo de señoritas locales. De travelos, ni rastro.
China construye a golpes de riñón de sus ‘milyuanistas’ rascacielos ostentosos que creen les darán de aquí a muy poco el honor se ser el motor económico mundial. A su vez, Olimpiadas brotaron lágrimas de emoción en alguno de los que hace poco ordenó masacrar Tiananmen y con ello a más de tres mil de los suyos. China crece y crece, aunque no se lo crea nadie, y al mismo tiempo cierra, coarta, plastifica, ordena y encarcela.
Como cualquier dictadura roñosa me temo que lo que no quieren para pueblo lo están disfrutando ellos. Así que me imagino a Hu y su corte de mentecatos aliviándose cada noche con las páginas que han cerrado por su pobrísimo autoritarismo. ¿Lluvia dorada Hu?

25/06/2009 10:00 Autor: joaquincampos. #. Tema: Política. Hay 1 comentario.

UNA PROFESIÓN EN SHENZHEN

He es muy guapa. Roza el metro ochenta y con la ayuda de un cuerpo escultural se consiguió abrir paso en el lamentable mundo laboral chino. Si He no tuviera veintitrés años y no llamara tanto la atención por su físico difícilmente podría estar trabajando en uno de los hoteles de cinco estrellas de Shenzhen.
He estudió por la obra y gracia de sus padres -¿acaso creían que en China existen las becas?- y ella en vez de hacerse puta o simplemente masajista carantoñera –muchas de su edad esquivan la farsa social aprovechando los quilates de sus cuerpos- decidió premiar el esfuerzo paternal doblando los codos y ahorrando en cosméticos.
He dejó su pueblo natal y se lanzó con emoción y supuestas posibilidades al asfalto recién plantado de Shenzhen, una ciudad nacida como un tumor –hasta ahora benigno- en el culo de Hong Kong. Le han copiado diseño, modernidad, apariencia… y todo mucho más barato, aunque ya no tanto. Shenzhen quiere escapar del maremagnum general chino mostrándose a Hong Kong como su hermana pequeña, pero repito, a día de hoy no alcanza el tamaño más que de feto de dos meses, o sea, que aún es extirpable.
He ya lleva año y medio en el hotel. Y no es que sea mucho tiempo pero es que sigue haciendo lo mismo. He estudió turismo, especializándose en ventas, con cierta fluidez del inglés; pero He desde aquel ilusionante mayo del 2007 donde debutó sigue repitiendo los días como si de un secuestro se tratara. Al principio le dijeron que sería “sólo por un mes” pero ya casi ha perdido la cuenta de los meses. He se sabe de memoria los sonidos, cuando se abren las puertas, y cuando se encienden las luces. He hasta ha soñado con que de uno de ellos salía un mal tipo, alcoholizado y maloliente, y la violaba.
He, supuesto futuro de esta China olímpica, trabaja de ascensorista. Bueno, exactamente ni eso ya que He a lo que se dedica realmente es a darle al botón para abrir las puertas de los ascensores cada vez que llegan clientes a la planta baja.
China, en el colmo del falsario comunismo, permite que una empleada –realmente el noventa por ciento de la plantilla ronda numéricamente el mismo sueldo- gane mil yuanes, algo así como cien euros. Ahora casi ciento diez.
En China con mil yuanes no puedes alquilarte una casa, ni prefabricada de latón, por lo que la buena de He reside a sólo catorce kilómetros del hotel, en una micro vivienda donde seis chicas y ella –siete, para los que les cueste sumar- se estorban, se molestan y hasta se empiezan a coger manía.
Su madre con la tienda en el pueblo –le ayuda su hermana de dieciséis años que no quiso sufrir la estafa del estudio- gana lo mismo aunque viven en la casa que fue del padre que hoy deambula como capataz de obra: ayer Pekín, hoy Tianjin, mañana quizás en ningún sitio. Agradece que su padre pudiera haberle pagado los setecientos yuanes de manutención y costes escolares para que hoy pueda ser… ascensorista.
He no quiere volver este próximo año nuevo chino al pueblo. La tradición china –anclada en turbias tradiciones que hoy el comunismo capitalista se ha pasado por debajo de la ingle- marca que el hijo/a en edad de trabajar y pudiendo hacerlo deba corresponder a padres y abuelos con la devolución de aquello placeres que recibieron en su día: mantenerlos con vida, uniformarlos y calzarlos, y darles opciones de estudiar.
He paga casi cuatrocientos yuanes por su casa, digo su litera parte baja en medio del salón; y gracias a que come en el hotel los seis días a la semana que trabaja… donde está, por cierto, diez horas. Lástima de que no haya sindicatos. Lástima de occidentales pro chinos que aquí no levantan el puño para reclamarlo.
Con los seiscientos yuanes restantes intenta ahorrar a la vez de comprarse bragas, compresas, hinchar la bicicleta, pagar el autobús cuando llueve y mantenerse por si misma ese día a la semana que descansa que a veces desearía pasarlo dormida. Para ahorrar.
He, como tres cuartas partes de las chicas de su edad, busca novio a la desesperada. Pero no quiere volver a caer en más errores, que la vida ya se le ha puesto demasiado cuesta arriba. He busca, sin prisa pero sin pausa, a uno de esos clientes de cinco estrellas que pueblan sus ascensores. Antes creía en el amor; ahora, y muy a su pesar, se baja las bragas de vez en cuando. No era su intención, estudió para algo, pero no quiere seguir pedaleando con un horizonte cada vez más contaminado, más lejano.
Dice que su sonrisa ha perdido autenticidad. Pero a mí me parece uno de los muchos valores de esta China, la que sin nada sigue sin prostituirse en un país donde las meretrices podrían ser ya un ejército.
He se pregunta qué habrán hecho todos aquellos que se pasan por sus ascensores para ser millonarios, qué tendría que haber hecho ella en vez de casi arruinar a su familia para un futuro inexistente. He me lo preguntó a mí y yo marqué mi planta, la novena. Había treinta y nueve pero yo tengo vértigo. A la ostentación.

(DES)FRASES

"Si en los Estados Unidos el límite es el cielo en China el límite es, sin duda alguna, el funcionario correspondiente".

21/06/2009 18:14 Autor: joaquincampos. #. Tema: (Des)Frases. Hay 1 comentario.

UNA CHICA EN SHENZHEN

Se hace llamar Friday, con ese horrendo arte de rebautizarse que tienen bastantes por estas tierras. Levanta una altura digna y viste regulete. La conocí por ahí, da igual, y la invité a cenar. Nada de sexo, esa era la idea. La razón: mi estudio pormenorizado de la China actual, de la China que viene.
Friday tiene veinticinco, habla inglés con escasa destreza aunque hace que pronuncia como si se hubiera criado en Dakota del Sur. Esto también se da a menudo ya que la apariencia aquí es el pan nuestro de cada día. Anda con pasión pero con flamantes desaciertos por los empecinamientos que tienen las damas chinescas de anclarse a armatostes con forma de zapato. Tacones torcidos, cercana rotura de ligamentos.
Nuestras primeras conversaciones versaron sobre el lugar donde ir a cenar. Yo propuse y ella, sin saltarse el guión establecido me dio sus coordenadas.

-A mí me da igual chino u occidental.
-¿Te gusta japonés?
-Odio a Japón.
-¿Por?
-Porque mataron a muchos chinos en Nanjing. Además, como clientes son muy malas personas. A mí me trató un japonés muy mal hace tiempo, cuando trabajaba en un hotel. Me hizo hasta llorar.
-Yo creo que ir a cenar a un japonés no debería depender de si hace décadas unos militares mataron a compatriotas tuyos.
-Yo no quiero ir. Los odio.

Seguimos deambulando mientras masticaba la clásica ideología de los jóvenes chinos. Si estos van a dominar a su país y por ende al mundo que Dios nos coja confesados.
Evidentemente me introduje –con ella a tirones- en un japonés porque la presión es algo que se me da muy bien. La excusa era beber cerveza fría. Y como todo el mundo sabe, en China, aparte de mala, la cerveza a lo sumo está templada. Y sin espuma.
El local era de apariencia auténtica, con decoración humilde pero real. Maravillosos discos setenteros se entremezclaban en una pared de algo parecido al gotelé con placas de metal que anunciaban productos nipones de la misma época, sospecho; además, recortes de periódicos y carteles de cine. Todo esto aderezado sin ninguna estridencia, clave para que me sienta bien.
Aunque Friday, sin tiempo a contestar, se sentaba frente a mí con cara de escasos amigos.

-Te he dicho que no me gusta Japón.
-Sólo quiero que veas uno por dentro. No vamos a cenar, te lo prometo. ¿Te gusta la cerveza?
-Si bebo mi cara se pone roja y no me gusta. Prefiero zumos.
-Bueno, pues déjame disfrutar de una buena Sapporo mientras decidimos dónde ir a cenar.
-¿Qué pasa que la cerveza china es mala?
-Bastante, aunque el gobierno es peor.
-En eso te doy la razón, pero en la cerveza no. La Tsingtao está muy buena.

La cosa prometía. Una local que era capaz de enjuiciar la capacidad de Hu y sus chavales de cómo llevar las riendas del país. Esto me apresuró a elegir restaurante.
Y llegamos a uno chino, a uno de cocina de Guangdong, la provincia que engloba a Shenzhen, la ciudad sin personalidad. O sin rasgos chinos. Gracias a Dios.
Lo de ir allí fue porque tenían vino digno. Y para mí la comida sin vino –o cerveza japonesa- es como el polvo con condón. Una miseria. Un sufrimiento. Pero Friday seguía en sus trece. Ya catorce.

-Que no bebo vino. Que me pongo muy colorada.
-Creo que es una inmensa falta de respeto el que te saque de Japón para traerte a tu pueblo y que no te dignes a compartir conmigo parte de mi cultura.

Y no es que sea yo, especialmente. Es que estas chinas están tan manipuladas en su esencia, en su educación, en su enseñanza, que con sacar un poco la gama de interpretación ceden como los cuerpos de las señoras que dan a luz. Sobre todo si han sido tres veces.

-Sólo te digo que cuando bebo no sé lo que hago.
-Pues yo no sé lo que hago cuando no bebo.
-¿Qué?
-Nada. Que pidas tú, que yo aún no entiendo mandarín. Y menos escrito.

El Merlot de Chile no se dio mal, suplantando todo lo que pudo a la desastrosa comida. El arroz salteado aparente, las verduras con setas asumibles, pero la mierda gelatinosa picante y el ridículo pollo con foie –ya están hasta los chinos copiando en la comida- acabaron por decidirme a centrarme en la bebida. En la mía y en la suya. La verdad es que me dio un poco de miedo porque su cara cambió de color –esto es normal en China ya que les faltan, entre otras cosas, una enzima que les provoca el cambio facial con sólo tomar media copa de vino- y hasta su gesto se hizo algo diabólico. Además, empezó a reír sin saber bien el porqué.
Con toda esta situación lo mejor era quitar el pedo, por lo que oferté dejarnos caer por un masaje –en Shenzhen los hay muy buenos-. Hasta ese momento tuve dudas de si taladrarla o si mantenerme al margen.
Llegamos a la casa de masajes introduciéndonos en una habitación –de orientación japonesa, por cierto- donde dos damas nos relajaron en nuestras previas intenciones. Fue hora y media de relax absoluto donde yo cavilé todo tipo de situaciones brutales ante la cantidad de hembras que se encontraban conmigo en sólo diez metros cuadrados. Olía a dama. Y algo a alcohol. Además, el aceite desprendía también un importante pestazo a supuesta hierbas de no se cuál montaña. Friday dormía, digo roncaba, clave para decidirme a no intentar nada con ella. Su cara era menos amoratada pero los sonidos que emitía no eran precisamente muy femeninos. Me dejé balancear por mi masajista, una presumible menor de edad –esto está plagado- que estaba alterada por mi pelambrera pectoral y por mi exquisita educación. En esas, me dejé el brazo atrancado entre su vientre y mi cadera. Ella ni se inmutó. Creo que hasta se frotó.
Como es difícil salir de la espiral de los masajes me vestí –Friday no se había quitado la parte de arriba, error clamoroso para un masaje con aceite- y nos fuimos a la sección en donde más de un centenar de personas hacen lo único que saben hacer: el animal.
Sofás alineados con pantallas televisivas para cada uno donde los chinos y chinas beben, sorben, gritan, te empuja, roncan y ponen el volumen de su receptor a todo trapo. Parece la terminal de un aeropuerto con retrasos de horas. Allí sólo masajes de pies y pedicura. Ella siguió roncando y yo analizaba la situación, grotesca a más no poder.
Cuando Friday despertó me sacó otra vez el tema, como si lo hubiera estado soñando.

-Yo ya sé que mi gobierno es malo. Hay unos que tienen todo el dinero y otros, como yo, que no tenemos nada. Y lo peor es que sé que nunca lo tendré.
-¿Recuerdas lo que me dijiste antes sobre un japonés que te hizo llorar en un hotel?
-Sí.
-Yo no conozco a chino con dinero que sea educado con los empleados de un hotel. Tratan a la gente de manera denigrante.
-Ya lo sé, pero Japón me cae muy mal.
-¿Por lo de Nanjing?
-Entre otras cosas.
-¿Y Tiananmen?
-Ya sé de qué me vas a hablar.
-Mataron a más de tres mil de los tuyos. Y no lo hicieron los japonenses, sino tu gobierno. Y no asesinaron a terroristas o a militares con ánimo de dar un golpe de estado. Asesinaron a estudiantes, muchos menores de edad. Y lo peor, es que veinte años después siguen sin reconocerlo.

-Ya te he dicho que a mi no me gusta mi gobierno, aunque sí mi país.
-Hu Jintao, bu hao. Wen Jiabao asesino. ¿Sabes que él era uno de los que dirigió aquel ataque contra los estudiantes?
-No.
-¿Eso no te lo enseñan en las escuelas? ¿Sólo lo de los japoneses y Nanjing?

Cogimos un taxi. La dejé en casa. Pero antes de irse me demolió.

-Si quieres podemos dormir juntos en tu hotel. Sólo dormir. Realmente tengo novio.

Le dije que no. Más que nada porque yo no puedo dormir con una dama al lado. Bueno la verdad es que le dije que no porque “soy muy bestia follando y lo hago siempre sin condón”. Se dio la vuelta y se fue. Realmente no deseaba estar con nadie. Estoy cansado. Y esta tenía pinta de novia. Demasiada desesperación económica y de futuro. Y yo tan cerca.

21/06/2009 17:55 Autor: joaquincampos. #. Tema: China desde la entrepierna (Guía para adultos y enfermos). No hay comentarios. Comentar.

UN ALCOHOLIZADO EN SHENZHEN

Era yo. Mutilado. Pero contento. Era yo. Tras dos botellas de Oporto. El vino portugués es sin duda alguna la transfusión correcta de sangre que todo humano que desee padecer de placer debe realizarse. El Oporto es uno de los escasos gracejos que le quedan en este inútil mundo donde ahora se imponen las colas cero, las bebidas acomplejadas –cervezas Light, vino con casera…- y los menús gastronómicos, plenos de espumas y demás heces.
Si la población mundial tuviera huevos crearía una marcha para que el conocimiento del Oporto fuera obligatorio en colegios, universidades y asociaciones vecinales. También sería de obligado cumplimiento –los gobiernos tendrían que hacerse cargo de la cuenta- la obligatoriedad de dar a cada pernoctante de asilos su media botella diaria. Porque para muerte digna la que debe ser dar la última respiración –asistida o no- con la lengua amoratada de Oporto. Pero bueno, esto nunca llegará a pasar. Oporto está en Portugal y su cantidad alcohólica supera a la que sociedad asume debe engullir. Además, como no se puede mezclar no tiene gracia. Y para más inri se producen escasas botellas al año. O sea, no es negocio para los justicieros del capitalismo. Así que podré estar tranquilo. Ningún escualo me quitará mis raciones desde aquí hasta mi muerte. Para ellos les dejó el puto vodka con naranja y las claras de limón. Cómo malgastan su tiempo.
Tras dos botellas el nubarrón es importante y las decisiones que se toman suelen no ir asociadas a las que pensabas ibas a realizar la mañana del mismo día. Por lo que me arrastré calle arriba hasta que di con una casa de masajes aparente. Vomité en la puerta teniendo cuidado de no ser pillado. Tras este detallazo crucé la puerta; me tambaleaba. Debía estar mi cara atomatada. Creo que se dieron cuenta de mi guisa.
Me ascendieron hasta la tercera planta a la que llegué asfixiado. No recuerdo bien si volví a echar una arcada con tropezones pero sí que me acuerdo de que me tumbé en la camilla vestido ante mi imposibilidad absoluta de poder hacer nada. Si cerraba los ojos me daba vueltas todo y si los abría mi visión era totalmente nublada.
Pasaron tres minutos y se me apareció una dama que daba igual quién fuera. Sólo recuerdo su número –el once- y que a los dos minutos se encontraba en el suelo tirada y yo arrancándole pantalones y bragas. Puedo asegurar que el centro era de masajes y que semejante violación no entraba dentro de posibilidad alguna. Pero salió cara. Y ella, tras sentirse atacada dejó que posara mi lengua violácea sobre su sabrosa entrepierna. Antes –y de otro tirón- la había colocado en posición de parto sobre el lugar en donde yo debía estar tumbado.
Tras desgastarla y ante el ascenso paulatino de mis ganas de vomitar me vestí deprisa y corriendo para salir de allí disparado. El calor brotaba de todas las partes de mi cuerpo y el Oporto en esos instantes ya había secado algunos de mis órganos vitales. La parada cardiorrespiratoria no se dio por la sencilla razón de que mi esfuerzo no conllevó penetración. Con ella y los sudores correspondientes, la perdida de conocimiento hubiera sido lo mínimo.
La chica me pidió una propina a la que yo tuve que haber dado el sí, pero yo ni me acordaba de semejante acuerdo ni disponía de suelto. Bajé las escaleras dando tumbos clamorosos y me dispuse a pagar. Antes pedí agua, sufría brotes de calor –como llamaradas- desde mi cuello a mis ojos.

-No admitimos tarjetas.
-Voy al cajero y vengo.
-Espere, que le acompaña la chica.

Y la chica no pudo acompañarme ya que salí disparado con la malévola intención de conseguir lo que obtuve: ser, aparte de violador bucal, un perfecto ladronzuelo. Llegué a mi hotel y me escondí, con la sonrisa del chiquillo que acaba de cambiar de sitio la bici de su amigo.
Me desperté enormemente perjudicado y con las extremidades temblorosas. La boca era la suela de una zapatilla y mis ojos veían con escasa potencia. Pero lo curioso de todo es que amo el Oporto. Lo amo. Quiero irme a vivir allí, algún tiempo: a la auténtica Portugal. A uno de los escasos países donde la mierda aún no llega al cuello. Y dejarme caer por sus inevitables casas de vino. Lloraría.
Volví a los dos días a pagar con cara de avergonzado. La gerente me entendió, más que nada porque debió dar el ingreso por perdido. Busqué a la número once pero ese día libraba. Algún día volveré, para premiarla. Pero mientras, dispuse de otro masaje. Fue en el mismo lugar de los hechos, y las sensaciones –mías y de la masajista- fueron totalmente diferentes. Y la masajista se dirigió a mí.

-¿Tú eres el de la otra noche con la número once?
-Sí. ¿Cómo está ella?
-Muy bien. Hoy libra. Me dijo que le pediste mearla encima.



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